Sin perder la calma

15 septiembre

Hay ocasiones en las que la persona más tranquila del mundo pierde los nervios y el más nervioso mantiene la calma. Eso me pasó el sábado pasado.Mi padre es un hombre de gran carácter pero eminentemente práctico. En momentos de tensión suele ser reflexivo y tranquilo, aunque no siempre sea en el mejor tono de voz. Pero suele ser un muy buen consejero. Pero el otro día el pobre se desarmó.

Acabábamos de comer en un terraza y acerqué el coche al restaurante, dejándolo en doble fila para meter al niño. Como estaba cansado de estar atado en su silla durante la comida le dejé mi bolso para que se entretuviera cerrando y abriendo la cremallera mientras le ataba y metía la silla en el maletero. Mi padre cerró la puerta de atrás donde iba el niño porque él iba en su coche y yo cerré el maletero. Y en ese preciso momento en el que se cerró el portón del maletero oí el característico "ñaaaaaa" del cierre centralizado. Miré con horror dentro y observé a mi pequeño dientazos sonreír triunfal con las llaves del coche en la mano... ¡Se había encerrado en el coche él solito!

Mi padre se puso nerviosísimo y empezó a hacerle gestos a través del cristal de la ventanilla para que volviera a pulsar el botón de la llave. Con tanto aspaviento el niño se creyó que era un juego y agitó las manos tirando las llaves al suelo del coche. Y ahí estaba, sentado y atado en su silla, con el cierre de seguridad de la puerta para niños muerto de risa ante los evidentes nervios de su abuelo...

Pero, por una vez, yo no perdí la calma. Primero di la vuelta al coche comprobando si alguna puerta estuviera mal cerrada mientras mi padre miraba qué ventanilla se podía romper con más facilidad. Observé las ventanillas y comprobé que había unos milímetros de holgura en la de la puerta trasera izquierda. Así que ni corta ni perezosa pedí en el restaurante un cuchillo y a mi padre una percha de una camisa que había recogido en la tintorería.Y allí, rodeada de un numeroso grupo de curiosos compuesto por comensales del restaurante que habían visto la actividad frenética de mi padre y los camareros, transeúntes que pensaban que estaba robando el coche, madres agustiadas porque el niño estuviera solo en el coche, etc. hice palanca con el cuchillo bajando lo que pude la ventanilla, metí la percha y tirando de la palanca interior de la puerta conseguí abrir el coche.

No creo que fueran más de 10-15 minutos, pero mi padre sufrió un ataque de nervios que maldisimulaba con una risa nerviosa y una actividad frenética. Mi tranquilidad, en cambio, me sorprendió. Y me siento bastante orgullosa de mí misma. A pesar de que la culpable de aquella situación había sido yo por dejarle el bolso y las llaves al enano para jugar. Lección aprendida.

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1 Comentarios

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