Esas bienvenidas tan maravillosas

15 enero

Últimamente el mayor ha cogido una costumbre que me encanta: cuando me oye por las tardes entrar en casa, sale corriendo y se cuelga a mi cuello dándome un enorme beso. ¡Ay, qué feliz soy en ese momento! Se me pasa el cansacio y afronto con nuevas energías una tarde de juegos, cenas, baños y luchas por acostarle a una hora "decente".

Recuerdo que cuando era pequeña mi padre entraba en casa y silbaba, yo al oírle salía corriendo a hacer lo mismo que hace ahora el enano. Pero un día, de repente, dejó de hacerlo. Al cabo de unas semanas le pregunté por qué ya no lo hacía y se rió, lo había dejado de hacer porque yo era ya tan grande que al lanzarme a su cuello casi le tiraba al suelo...

Pues yo pido que no se le pase nunca este nuevo hábito al mayor... aunque me deje sin espalda al colgarse de mi cuello. ¡¡Me encanta!!

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